En torno a ‘Cien Años de Soledad’ de Gabriel García Márquez (por víctor m. alonso)

“Las obras maestras son como el amor. Hay historias de nuestro pasado que con el transcurso de los años y de su ausencia se enriquecen en la memoria y en los laberintos de la nostalgia y las hay insignificantes: amores que en el momento mismo en que acaban nos hacen ser conscientes de que pasarán sin pena ni gloria a través de los vericuetos de los años, como si de una mala novela se tratara.”

Han sido muchas las lecturas que he hecho de Cien Años de Soledad a lo largo de mi vida. Tal vez sea por ello que he querido empezar este 2012 recién estrenado impregnando mis sentidos con la delicadeza de este texto insuperable, y me he vuelto a embarcar en la maravillosa aventura que es siempre releer esta novela.

Desde joven, la literatura de García Márquez tuvo para mí un encanto irresistible, y con el tiempo, lectura tras lectura, la grandeza de su narrativa me ha marcado. Sus páginas expelen una especie de hechizo que embauca y abstrae del ruido mundano. Para dimensionar su obra de una manera justa me ha sido necesario visionarla de manera repetida y recurrente, prolongada a lo largo de la línea cronológica de mi vida.

Una especie de simbiosis, un juego de equivalencias, se ha establecido entre mi propia existencia y la vida de la novela. Un encuentro intelectual y embaucador que consigue que la visión de las circunstancias, factores y componentes novelísticos sean diferentes hoy, aun siendo en sí las mismas que eran 30 años atrás, en la primera lectura.

Como toda obra maestra, este libro se engrandece merced a su añejamiento, a la habilidad de aportarnos algo más cada vez que lo leemos, a su evolución paralela, confidente y cómplice con el lector y la vida de éste. No se trata sólo de que el punto de vista del que lee haga el texto más rico; es el texto por sí y en sí mismo el que se enriquece con el paso del tiempo.

Es indudable que las palabras del narrador siguen representando la misma sucesión de letras e idéntica ecuación creativa, pero el efecto que provocan en quien las lee es muy distinto con el transcurrir de los años. Algún secreto hay que hace que las mismas palabras y una idéntica configuración provoquen ese sentimiento que evoluciona y crece. No cambia el autor, como en el caso Pierre Menard, es su vástago quien lo hace.

Aun cuando la novela permanece en el estante, entre lectura y lectura, ésta va madurando, de igual manera y de modo paralelo a como envejece la vida del lector. Sufre los desaires vitales, recibe las marcas que el destino y la cronología causan y se favorece de la dulzura de los buenos momentos de la vida. El paso de los años hace que las tribulaciones y alegrías de los personajes no sean ya las mismas; así, Úrsula Iguarán o el bueno del Coronel Aureliano Buendía han caminado conmigo, en mí, y han padecido los mismos reveses y disfrutado similares alegrías que quien esto suscribe ha vivido desde la última lectura del libro. Incluso las aventuras nunca bien desveladas que José Arcadio vivió tras su partida de Macondo con los gitanos son ahora diferentes, como distinta es la locura de José Arcadio padre, mientras rumia su soledad a la sombra y albergue del castaño.

De igual manera ocurre con todas las artes. El trazo de un genio de la pintura o el movimiento de un maestro de la música será siempre distinto a la luz de los años, tendrá nuevos matices, motas distintas que se desvelan. Ese es uno de los principales factores que distingue lo bueno, aquello que marca lo inmortal frente a lo que no existe.

Las obras maestras son como el amor. Hay historias de nuestro pasado que con el transcurso de los años y de su ausencia se enriquecen en la memoria y en los laberintos de la nostalgia y las hay insignificantes: amores que en el momento mismo en que acaban nos hacen ser conscientes de que pasarán sin pena ni gloria a través de los vericuetos de los años, como si de una mala novela se tratara.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD es un amor de los que se quedan, eterno y verdadero.

victor m alonso – 03/01/2012

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Jazz, Literatura, Poesía.... aire rítmico que toque el alma en cualquiera de sus formas... lienzo, papel, sonido...
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