Julio Cortázar y Charlie Parker.

Charlie Parker

Charlie Parker: Como un pájaro libre.

Gabriela Saidon en el periódico Clarín.

MUSICA | A 50 AÑOS DE LA MUERTE DEL GENIAL SAXOFONISTA

Charlie Parker: como un pájaro libre

Revolucionó el jazz. Vivió con el mismo vértigo de sus solos de saxo. Tocó con Dizzy Gillespie y Miles Davis, entre otros. Fue honrado desde el cine por Clint Eastwood y desde la literatura por Cortázar. Cuando murió tenía 34 años pero parecía de 60.

Gabriela Saidon

gsaidon@clarin.com

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Cuando Charlie Parker murió, el 12 de marzo de 1955, el parte médico del forense informaba que el cadáver era de un hombre de 60 años. En realidad, no había cumplido los 35. El precio de llegar a ganarse, para la eternidad, inmensas (y justas) calificaciones, como “genio del jazz moderno” o “el saxofonista más grande de todos los tiempos”, fue alto.

Había nacido el 29 de agosto de 1920, negro y pobre, en Kansas City. A los 13 años, en el College Lincoln descubrió su interés por la música. En la banda del colegio lo pusieron a tocar la tuba, pero a su madre no le pareció que era un instrumento para él y con sus ahorros le compró su primer saxo.

Un año después abandonó el colegio y a los 15 tuvo que salir a trabajar para mantenerse. “Teníamos que tocar de las 9 de la noche a las 5 de la mañana. Por lo general recibíamos $ 1.25 por noche”, contó. Junto con su inmersión en el mundo de la música (y del trabajo a cambio de poco) ingresó en otro mundo: el de las drogas. Talento musical precoz, también fue adicto precoz a la heroína, adicción que acompañó una vida tan intensa como trágica.

Charlie Parker encaja perfectamente en el paradigma del artista torturado. Talento querido y envidiado, sus picos de creatividad (muy frecuentes) y de éxito (menos frecuentes) alternaban con profundas caídas en abismos infinitos. Así, trágico, con un caminar siempre tambaleante y sacándole sonidos mágicos al saxo, lo retrató Clint Eastwood en su película Bird (“Pájaro”, derivado de Yardbird, su seudónimo original), que centra su vida sentimental en la relación que tuvo con Chan Richardson, madre de sus dos hijos, un varón y una nena que moriría de pequeña, precipitando su destrucción.

Otra ficción famosa que rescata su figura es el cuento largo de Julio Cortázar, El perseguidor, donde oculto bajo el nombre de Johnny, aparece en su etapa parisino como un músico obsesionado por el tiempo, que tiene la sensación de que lo que toca, en realidad lo está tocando mañana. “‘Esto lo estoy tocando mañana’ —le hace pensar Cortázar a su narrador, Bruno— se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música”.

Un adelantado, un vanguardista, compositor de futuros standards (algunos jugando con su apodo, como Ornithology o Chasing’ the Bird), fundador de un nuevo ritmo: el bebop, capaz de hacer maravillas armónicas con viejos temas encorsetados por el swing, alguien que torció el rumbo del jazz para siempre.

Con 17 años, se unió a la orquesta de Jay McShann, una orquesta típica de blues de su ciudad natal. En 1940, con esa formación grabó Confession ‘ the Blues. Y blues era lo que mamaba Charlie Parker. Su ídolo por entonces era Lester Young.

Una anécdota de las tantas que hay sobre la vida de Charlie Parker lo imagina llegando a Chicago, en un viaje parecido a una huida, sucio y en harapos. Acto seguido, por la noche toca como nadie nunca había tocado jamás.

Trabajó de lavaplatos en un local donde tocaba Art Tatum y por temporadas no tenía instrumento que tocar, porque los empeñaba o incluso los perdía. Pero para él, “lo peor era que nadie comprendía mi música”. Cierta vez, tocando en la banda de Count Basie, el baterista Jo Jones le arrojó un platillo por la cabeza (la imagen del platillo volador se repite varias veces en el filme de Eastwood). Parker se fue llorando. Los días siguientes se lo vio con los ojos irritados de tanto llorar.

Odiaba las big bands pero, necesidad obliga, en 1941 llegó a Nueva York con la McShann Band. La noche en que tocaron en el Savoy Ballroom de Harlem, un trompetista se acercó y preguntó, tímido: “¿Puedo tocar con ustedes?” Era Dizzy Gillespie. Fue la primera vez que los dos músicos tocaron juntos. Luego volverían a encontrarse en el Minton’s Playhouse, un pequeño local de Harlem que se convertiría en el templo del bebop. De vidas y personalidades opuestas, “Dizzy y Bird” formaron una dupla musical indivisible, que se consolidó en 1945, con temas a dúo como Groovin’ High o Hot House.

Allí, en Minton’s, solían reunirse también en jam sessions el pianista Thelonious Monk, el baterista Kenny Clarke y el guitarrista Charlie Christian. Otra dupla memorable que formó Parker fue con el trompetista Miles Davis, con quien armarían un quinteto e incluso llegarían a convivir.

De todos modos, a pesar de una carrera que se perfilaba brillante, y llegado el reconocimiento (en 1949 en Broadway se abrió Birdland, un local que lo homenajeaba desde el nombre y donde Parker era el principal intérprete), aunque en los ’40 no estaba de moda hablar de baja autoestima, Charlie Parker padecía de ese mal. Las manifestaciones más notables de su genio parecían contrapesarse en grandes depresiones. Para intentar bajar el consumo de drogas recurría sin límites al alcohol. La primera gran crisis ocurrió en Los Angeles (una ciudad que Parker eligió porque era más fácil conseguir heroína), después de grabar su impresionante versión de Lover man en los estudios de la compañía Dial. Al llegar al hotel donde estaba viviendo, prendió fuego al cuarto y salió al pasillo desnudo y gritando como desaforado. Después de ese episodio lo internaron por primera vez en un hospital psiquiátrico durante seis meses. Habría, en su vida, más de un intento de suicidio.

Solitario, solía pasar noches enteras viajando en subterráneo. En el cuento de Cortázar, es en el metro parisino donde el músico elabora sus hipótesis sobre el tiempo, mostrándolo, a diferencia de Clint Eastwood, como un hombre de mentalidad compleja. En una visita a la Argentina, el saxofonista blanco Lee Konitz dijo: “Creo que Charlie valoraba la calidad de la música y no el color de la piel, y no había nadie más intelectual que él. Era un genio, un gran compositor, un gran instrumentista, un hombre muy leído y en sus solos había un gran trabajo intelectual. Y cambió absolutamente todo el vocabulario de la música”.

Su período de éxito comercial duró apenas dos años, de 1948 a 1950, cuando grabó con orquestas de cuerdas. Su producción discográfica se concentró en seis años, desde Now’ the Time (1945), hasta K.C. Blues, de 1951. Entre 1949 y 1951 hace su gira Europea.

En 1954 muere su hija. Bird tiene varios intentos de suicidio. Y le escribe a su ex mujer: “… La muerte es algo urgente… Mi fuego es inextinguible”. Esas palabras funcionaron como profecía. Porque cuando murió, ese 12 de marzo de 1955, destruido internamente por su úlcera perforada, cirrosis crónica y neumonía, sentado frente al televisor, riéndose de un show cómico, en la casa de la baronesa Pannonica de Koenigwarter, se convertía en la referencia ineludible para el futuro del jazz. El corazón había dicho basta. Un graffiti se repetía ad infinitum: Bird vive. El mito explotaba.

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About Víctor Alonso

Jazz, Literatura, Poesía.... aire rítmico que toque el alma en cualquiera de sus formas... lienzo, papel, sonido...
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One Response to Julio Cortázar y Charlie Parker.

  1. Jose says:

    ¿Porqué será que los grandes genios son en la mayoría de los casos producto de las necesidades más básicas? O ¿Será que esas necesidades más básicas son producto de la genialidad? Lo que sí es cierto es que ambas – necesidad y genialidad – van siempre unidas.

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