EL PAIS – Edición Digital, Dos polos, dos fotografías – (20 de junio de 2.009)

Dos polos, dos fotografías

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ÍÑIGO GARCÍA ZARANDONA 20/06/2009 

 

Los polos, al sur la Antártida, al norte el Ártico; al sur un continente, al norte un océano. Y es que mientras la Antártida es un continente rodeado de océanos, el Ártico es un océano helado rodeado de continentes. La perspectiva social de ambos polos no los diferencia apenas, y un abismo los separa. Se podría decir que escasamente los colores blancos azulados los hacen similares.

El continente Antártico está directamente protegido por un tratado que regula las relaciones entre los estados firmantes en diversas materias. Este tratado limita la dedicación de las actividades de la Antártida a misiones pacíficas, en particular científicas. Establece asimismo el intercambio de información, personal científico, observaciones y resultados sobre las actividades realizadas por los signatarios en el continente. Lamentablemente no ocurre lo mismo en el Polo Norte, donde un informe publicado, en el año 2000, por el servicio geológico de Estados Unidos afirma que en el Ártico se encuentran el 25% de las reservas de gas y petróleo del planeta. En un momento tan complicado por la carencia de fuentes energéticas, está claro que esta región ha desatado las posibilidades de negocio y especulación en los países limítrofes, así como de muchas multinacionales.

Los intereses se basan sobre todo en aspectos petrolíferos y de navegación marina. Uno de los primeros y prácticamente el único paso fue la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982. Este convenio establece que la anchura del mar territorial de un país es de 12 millas náuticas y le concede una zona económica de 200 millas en las que tiene derechos exclusivos de explotación del lecho marino. La Ley del Mar establece un plazo que concluyó al entrar el año 2009, a partir del cual los países pueden solicitar la extensión de las doscientas millas que la ONU concedió como aguas territoriales. Para solicitar, antes el país debe haber firmado la Ley del Mar.

Existe un Comité Ártico que se centra antes en la protección del medio ambiente y en el bienestar de minorías indígenas que en la investigación científica internacional, al contrario que en el Tratado Antártico, soslayando en cambio cuestiones de mayor calado estratégico, e incluso político, que tarde o temprano habrá también que tener en cuenta. Dichas cuestiones esencialmente son dos:

-La apertura de nuevas vías de navegación (y el libre acceso a las mismas de terceros países), debido al rápido deshielo de esta región.

-Las posibles disputas a causa de la falta de delimitación territorial de zonas que durante siglos han estado cubiertas por el hielo, y ahora empiezan a ser utilizables.

La falta de una legislación común junto con la finalización de la única ley que había (la Ley de Mar de 1982), los beneficios económicos y las devastación que el cambio climático está provocando en el Polo Norte han suscitado que los países limítrofes (entre ellas las principales potencias mundiales) se estén repartiendo el pastel indiscriminadamente y sin ninguna regulación, dejando una escasa área como aguas internacionales.

Un océano que se descubre

Hablamos de cambio global cuando nos referimos “al conjunto de cambios ambientales afectados por la actividad humana, con especial referencia a cambios en los procesos que determinan el funcionamiento del sistema Tierra”, como explica el oceanógrafo Carlos M. Duarte. A lo largo de la historia la Tierra ha cambiado, ha pasado progresivamente de un estado a otro provocando de forma natural cambios más severos que los que se aproximan. El problema surge cuando el hombre ha pasado a alterar el curso natural del cambio y ha llevado a acelerar y corromper el cambio, hasta tal punto que el químico atmosférico y premio Nobel Paul Crutzen bautizó la etapa actual que vive el planeta como Antropoceno, etapa en la cual las áreas polares son una significativa muestra de que el curso natural se ha alterado.

En verano del año 2007, el Océano Glaciar Ártico padeció la mayor desprovista de hielo marino desde que se tienen datos. Los modelos climáticos ni siquiera se planteaban el descenso de hielo marino en la zona del norte polar. Los recientes informes del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, de Naciones unidas) prevén que para antes del año 2030 podemos tener un Océano Glaciar Ártico totalmente libre de hielo marino, suponiendo una grandísima amenaza para los procesos que controlan el funcionamiento del ecosistema polar en cuestión. Las consecuencias de un Océano Glaciar Ártico sin hielo perenne son varias. Existen los intereses socioeconómicos antes mencionados que, basados en intereses políticos, apenas conciben los efectos de los cambios físico-químicos y biológicos del deshielo.

Un Polo Norte desprovisto de hielo provocaría la desaparición de la llamada Cinta Transportadora de Calor, un mecanismo de corrientes oceánicas que se encarga de transportar el exceso de calor desde las zonas ecuatoriales a los polos y viceversa, haciendo que los climas no sean tan extremos a medida que avanzamos en latitud. El deshielo también está provocando que contaminantes (los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes) acumulados en el hielo (transportados a través de la atmósfera desde latitudes inferiores) sean liberados al océano y a través de este penetren en la cadena alimentaria de la zona, siendo las tribus de los inuit los más afectados. El pueblo inuit sufre tasas de mortalidad 2-6 veces superiores y esperanza de vida 5-7 años menor que la de los pueblos caucásicos del ártico, lo que se debe a que su dieta se basa en la megafauna de la zona, que a la vez se alimenta de lo que ofrece el Océano Glaciar Ártico.

La reducción de extensión de hielo también afecta a la megafauna polar, que lo usa como hábitat o plataforma, y al plancton que queda expuesto a mayor radiación y a cambios ambientales. Además de los mencionados, son infinitos los problemas que encontramos en el Ártico y preocupan a los científicos. Uno de los objetivos de la campaña ATP (Arctic Tipping Points) que estamos realizando es que no sólo los preocupados seamos los científicos sino la sociedad en general, ya que es una de las principales amenazas para el planeta que conocemos. En general, la campaña busca descubrir los umbrales de diversos procesos biológicos del ecosistema Ártico y conocer dónde se encuentran los puntos de no retorno, es decir, aquellas alteraciones provocadas por la mano del hombre que resultan irreversibles.

El Ártico resulta más vulnerable que la Antártida frente al cambio climático, al ser respectivamente un océano y un continente. Mientras que en la Antártida los hielos anuales se mantienen sobre tierra, en el Ártico han de hacerlo sobre agua. Estas características geomorfológicas dan diferente carácter a los procesos que se producen en una zona y otra. Además de esto, el Ártico cuenta con la desventaja de estar en el hemisferio Norte, hemisferio en el cual vive la mayor parte de la humanidad y en el que se produce una mayor cantidad de contaminantes que se transportan a través de la atmósfera a los polos.

Personal

Como investigador de Cambio Global, a través del proyecto ATP pretendo estudiar los procariotas, grupo de microorganismos que acoge la mayoría de formas de vida marina y planetaria. Aunque estos microorganismos resultan invisibles para el ojo humano, representan un papel de lo más importante dentro de la mayoría de procesos biológicos. Investigo cómo los aumentos de temperatura afectarán a estas comunidades y cómo se comportarán ante el inminente cambio.

Aunque en esta campaña el objetivo es investigar los efectos del cambio global en el Océano Glacial Ártico, el departamento de Cambio Global del IMEDEA (CSIC-UIB), liderado por el profesor Carlos M. Duarte y al cual pertenezco, también realiza investigaciones en el continente Antártico, en el que problemas como el llamado agujero de la capa de ozono y la acumulación de contaminantes, entre otros, están alterando los procesos del ecosistema polar austral.

 

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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